24 horas al día, 24 horas a la noche (V)

Estoy demasiado triste para escribir.

El monstruo está ganando. Nada me protege, sigo perdido en la selva del mundo incomprensible y ajeno que me rodea.

No quiero asomarme a la calle. No quiero pertenecer. No quiero ser.

No tengo ningún motivo para esperar el futuro. Sólo tengo esta radio y la canción que se esfumará sin remedio en 9 minutos.

La canción que no llega. Nunca.

Sólo quiero esfumarme. O escuchar la misma canción 10 mil veces. Y luego otras 10 mil.

Y desaparecer. Otra vez. ¿Qué tan difícil es?

 

 

(¿Qué diré dentro de 25 años, en 2014? ¿Habrá un 2014?)

(…continuará…)

24 horas al día, 24 horas a la noche (IV)

No habían pasado ni dos horas cuando me puse el atuendo desechable, azul, y entré, aturdido por la verdad..

Fueron cinco minutos. Ya estaba limpio, dormía, había pasado el shock, el llanto, la sangre a borbotones que lo ensució al llegar.

Estaba tranquilo y así tranquilo lo pusieron en mis brazos. Lo miré, lo sentí y le hice una promesa. Trato de cumplirla todos los días.

Pero no es fácil: décadas años antes tuve a mi cargo a otro niño, a un adolescente, y le fallé. Fracasé al final y ese adolescente acabó convertido en la basura que ahora soy.

***
Cuando se acabaron los 45 días de licencia de maternidad me tocó quedarme cuidándolo en las mañanas. Ella se iba a trabajar, por alguna razón no había cupo en la guardería del IMSS, y yo lo vestía, le daba de comer, lo cargaba y le cantaba.

Fueron grandes momentos. Ya tenía esa enorme mirada, esos ojos brillantes que taladran cualquier coraza y en los que leo futuro.

Fue una de esas mañanas que puse un disco en el estéreo y, en vez de cantarle las repetidísimas nanas y canciones de cuna, lo mecí al ritmo de U2, Led Zeppelin, Roxy Music… era un disco doble que un amigo querido quiso que yo tuviera porque escribí 3 textitos infumables que allí aparecían.

Era un disco de aniversario, el 20 aniversario de Rock 101. Una obra de amor hecha realidad, tal como AJ en mis brazos. Latiendo igual.

Y cuando sonó una canción en particular, dejé de mecer a AJ y empecé a cantarle la canción. Él me miraba fijamente. Fue la primera vez que supe que me entendía, fue la primera conexión más allá de la sangre compartida.

Nos sintonizamos, quizás porque vio la luna llena, total.

Es la razón por la que esa canción siempre suena el 12 de enero, el día en que recibí una segunda oportunidad. El día en que él llegó con una antorcha en sus bolsillos y el viento en sus talones a romperme con la esperanza de que me fuera reconstruyendo.

Pero es tan difícil, porque el joven ya no está aquí. Sólo queda un anciano temeroso, derrotado.

(…continuará…)

24 horas al día, 24 horas a la noche (III)

Era una grabadora plateada, Panasonic, grande. Botones grandes: play, pause, RWD, FWD. Y un botón con un círculo rojo.

Me sentía astuto e inteligentísimo por tener el detallado conocimiento para grabar un cassette, para saber con gran precisión cómo espotearlo, entender bien de qué lado había que meterlo. Oprimir REC. Dejar que alguna reacción química hiciera su magia.

Grabar. Y después perder lo grabado. Grabar y regrabar hasta que el sonido se convertía en la versión auditiva de un mazacote.

Entender con precisión de alquimista las diferencias entre AM y FM. Aceptar el opaco sonido de la AM como quien ahora acepta el escracheo de un elepé. Escuchar la FM buscando la posición precisa de la antena para escuchar a alguien decir: “no escucho radio mexicana, sólo vía satélite” cuando le preguntaron qué opinaba de Rock 101.

¿Qué opinaba yo de Rock 101?

No lo se. No opinaba, sólo sentía y me dejaba asombrar.

***

¡Maldita la curiosidad que me heredó leer y leer desde mi infancia!

Incapaz de convivir, leía. Leía acerca de países y lugares mágicos a los que nunca podría ir, ciudades de nombres exóticos y fantásticos, inalcanzables y obvios inventos de la imaginación de alguien: Londres, New York, París, Buenos Aires.

Esas letras se transformaron en música a la menor provocación. Las palabras empezaron a ser escuchadas y, cuando uno no sabe qué espera escuchar, uno sabe que lo que le dicen a través de la radio es exactamente lo que necesita oir.

Y esos viajes… ¿Ir a Berlín y ver el Muro? Imposible. Pero escuchar a una excantante de ópera que atravesó la cortina de hierro y se dedicó a destrozar comodidades en alemán… eso sí.

¿Dublín? ¿Qué era Dublín sino una ciudad fantástica detrás de un embravecido lago esmeralda? Pero escuchar a cuatro jóvenes gritando en el nombre del amor… eso sí.

¿Madrid? ¿Buenos Aires? Inventos de una mente enloquecida tras caminar por un desierto interminable, espejismos previos a la muerte. Pero conocer el mítico nombre jamás escuchado de Charly García interpretado por Miguel Ríos y saber que esos nombres y hombres eran importantes, intuir… eso sí.

Eso sí era real.

Y todo a través de una grabadora en un cuarto con cuatro camas, oscuro, templado, aislado. Perfecto.

(…continuará…)

24 horas al día, 24 horas a la noche (II)

Cuando la casualidad manda no hay nada que hacer.

He pasado estos días intentando recordar cuál fue el primer disco de mi vida. No el que me regalaron (uno de Yoshio, 45 RPM, en un intercambio -lo juro-), no el que me compré (A Night at the Opera), sino cuál es el primer disco que aparece en mis recuerdos.

A veces creo que una colección de fundas amarillas, música clásica, de PROMEXA. La vendían en Aurrerá a razón de uno por semana.

O tal vez fue otra colección similar, álbumes dobles, también de PROMEXA/Aurrerá, dedicada a la historia de la música mexicana, que iba desde Lucha Reyes hasta Yuri, de la Sonora Santanera hasta Pedro Vargas.

Ambas colecciones están en el clóset de mi padre. O creo que siguen allí. Allí también estaba un tocadiscos portátil de caja verde seco: allí ponía los elepés y los escuchaba una y otra vez.

Pero, ¿qué disco cambió mi vida? Uno que no era mío. Le gustaba a mi mamá, le gustaba al mayor de mis hermanos. Y yo, a los 10 u 11 años, lo escuchaba una y otra y una y otra y una y otra vez. Cuatro tipos en la portada, un bigotón al frente. Yo no sabía quienes eran, pero sí podía entender que eran capaces de abrir una presa desbordante en mi corazón, música como agua para nadar, música como un huracán.

Era este disco:

Queen_Greatest_Hits

Cuando te encuentras a Queen, ¿cómo puede gustarte Timbiriche? Cuando entiendes un mensaje perfecto y se te abre un escenario inmenso, lleno de colores y animales y lujos, ¿cómo puedes conformarte con Cocorito-que-gigante-tan-bonito?

***

Yo nací en febrero de 1971, en tierra de nadie. Nací cuando el sueño ya se había terminado.

Nací cuando no existían los dos Everests de mi experiencia musical: The Beatles se odiaban a morir, Queen no era ni proyecto. Quizás por eso busco y busco incesamentemente algo que me falta y que no me tocó. Quizás por eso esta nostalgia.

Quizás por eso a la altura de 1985 mi estación de radio favorita era Radio-Quinientos-Noventa-La-Pantera-Grouauaaaaauuu y en una de esas interminables mañanas o tardes escuché un promo que decía (más o menos):

“Informamos a nuestro auditorio
que nuestra estación hermana Rock 101, en el 100.9 de FM,
está fuera del aire temporalmente por motivos de fuerza mayor.
Pronto reanudaremos transmisiones.”

Hice lo obvio: sintonizar el 100.9 de la FM. Silencio. A lo largo de los días siguientes se volvió una obsesión para mi: sintonizar el 100.9 de la FM y encontrar silencio. Hasta un domingo por la tarde.

Cuando la casualidad manda no hay nada que hacer. Poder escuchar algo por fin en una frecuencia bautizada “Rock 101” y que sea una canción poco conocida de tu banda favorita, algo que ni remotamente hubieras esperado escuchar en la radio… sí: fue amor a primera escucha.

 

(…continuará…)

24 horas al día, 24 horas a la noche (I)

Esta es la historia de un adolescente que no tenía amigos ni mascotas. Un adolescente que no cabía en ninguna parte, sin habilidades sociales y víctima de bullying. Un adolescente que odiaba todo, que nada le gustaba, que no encontraba con qué identificarse.

Uno más. Yo.

Crecí con Burbujas, el Duende Bubulín, los festivales OTI, Menudo, Pitufos y Parchís. Fui un hijo de los años setenta, penúltimo de 9 hermanos, lector, aterrorizado por la Guerra Nuclear, niño mimado. Pero al llegar a la adolescencia me quedé solo entre una multitud.

No podía identificarme con los nacientes grupos infantiles (Timbiriche, ejemplo máximo) porque eran todos niños bonitos y simpáticos: algo que yo no podía ni siquiera aspirar a ser. Y porque ya me había mordido el gusanillo del rock: con hermanos mayores, un tocadiscos y radios, escuchaba a los Beatles, a Queen, a Police.

Llegaron los programas de videoclips: cosas inimaginables e incomprensibles aparecían en la pantalla de TV. Pero eran tan atractivas, como ventanas en muros altísimos desde los que se ve el cielo. Sí, lejanas, existentes, inalcanzables.

Por esos años leí un cuento llamado “La Puerta en el Muro”: un niño encuentra justo eso, una puerta que da acceso a un jardín excelente, donde recibe el amor de una mujer maternal y bellísima, donde juega hasta cansarse y todo es más dulce, agradable, hermoso. Acaba la jornada, regresa a casa con la ilusión de volver al día siguiente… y la puerta ya no está. El jardín nunca es accesible de nuevo. La nostalgia lo devorará el resto de su vida, sin remedio.

Al mismo tiempo, seguramente, en la FM sonaba una canción que incluía el párrafo:

“When I was a child /
I caught a fleeting glimpse /
out of the corner of my eye. /
I turned to look but it was gone. /
I cannot put my finger on it now: /
the child has grown, the dream is gone.”

Yo no sabía que ya existía la puerta en el muro, la grieta en la pared altísima, la escalera hacia la ventana.

Yo no sabía que ya transmitía Rock 101.

(…continuará…)

 

Elogio del descelofaneo

Estos años de “cultura digital” nos han obligado a renunciar a placeres sencillos. Nos obligamos a estar conectados, sentimos que tenemos millones de opciones, accedemos a todo con un click.

Acabó de usar un verbo terrible: “acceder”. Es una palabra espantosa, en cuya trampa hemos caído todos. Internet y todos estos dispositivos nos permiten “acceder” a enormes catálogos, a millones de textos, a opciones infinitas. Pero solo podemos llegar allí. No podemos hacer más. Acceder no es pertenecer: tan sólo es ingresar.

La relación del melómano con la gigantesca biblioteca musical de la red es la misma del adicto al sexo con la pornografía. Vamos por un estímulo, y ya. Fantaseamos con que nos adueñamos de la música (o de la mujer) en pantalla; pero cuando termina nos queda la certeza de que, en realidad, no obtuvimos nada.

Internet es la fábrica de fixes más grande del mundo. Mientras debatimos si legalizamos o no la marihuana, millones de personas están conectadas para sentirse queridas, escuchadas, entendidas. Para escuchar alguna canción, averiguar algo, observar un coito o el Gangnam Style. Todo es lo mismo. Al apagar el monitor el estímulo se acabó y nos quedamos solos frente al espejo roto de BlancaNieves: “-¿Quién es el más bonito? -Tú”.

Todo eso se me vino a la cabeza por una razón prosaica y una razón sublime. La sublime es el espléndido trailer de “Her”, la nueva cinta de Spike Jonze. No añadiré nada: sólo vealo, por favor.

 

La razón prosaica es la añoranza de poseer un objeto. En la prehistoria de los años ochenta, uno soñaba con tener un cassette, disco, un libro… después, una película en video. Poseer, en un sentido egoísta: escuchar y ver cuantas veces uno quisiera, leer y releer, experimentar un diálogo enviado desde algún sitio del mundo al que nunca podrías, ejem, acceder.

En esos tiempos locos los buenos discos eran obras de arte completas. Era fácil distinguir las colecciones de canciones elaboradas para vender o para cumplir el requisito. El hecho de tener el disco en las manos, descelofanearlo (gran término que le debemos a Rock 101), sacar el vinil, poner la bolsa protectora en un lugar a la mano, revisar la etiqueta, darle vuelta a la tortilla, colocarla en la tornamesa y, en un acto de delicadeza incomparable, ubicar la aguja (de diamante o de zafiro) en el surco.

Y todo esto era la punta del iceberg: antes de tener el álbum en casa había que desearlo, elegirlo, tomarlo, llevarlo a la caja, dudar, pagarlo… ¿es todo esto comparable con iTunes? Una y mil veces, no.

Y ahora imaginen, por un momento, ese segundo mágico en que comienza la música. Se dice que la frase más difícil al escribir es justamente esa: la primera, la que atrapa. Traten de ponerse en los zapatos de quien escucha por vez primera las siguientes canciones: todas son apertura de sus respectivos álbumes, de una obra completa, el primer paso de un viaje: la primera frase de una obra.

 

En estos tiempos donde todo está disponible y todos nos creemos capaces de despedazar cualquier obra creyendo que somos capaces de narrarla mejor, esto ya pertenece a las nostalgias imposibles.

Que, por otra parte, son las mejores.

Azulgrana desteñido…

Lo juro por Michel Platini: ya no me gusta el futbol.

Bueno, no mucho.

Alguna vez sí que me gustó. Vaya que sí. Aún soy capaz de decirles de memoria cuál fue el primer mundial al que asistió Egipto (o Cuba, o las Antillas Holandesas), cómo se llamaba el defensa argentino expulsado por un árbitro alemán en el partido contra Inglaterra del Mundial de 1966 (allí aprendí que “fuera” se dice “aus” en alemán), cómo era el escudo de los Tigres de la UANL en los años ochenta, qué hizo Schumacher en el partido contra Francia del Mundial del 82 y como eran los uniformes del Unión de Curtidores, Zacatepec y Atlético Potosino.

Pasaba horas de mi infancia pegado a la radio escuchando a Raúl Orvañanos, Carlos Albert, Fray Pedro de Gúbar, Francisco Javier González. Y soñaba con guardar estadísticas, hacer programas como esos, ir a un Mundial… es decir, lo mismo que siempre me ha pasado con la música y la radio.

Pero me dejó de gustar. Y es que antes el futbol mexicano era EL FUTBOL. La culpa de todo la tiene Hugo Sánchez, porque por su culpa se nos abrieron los ojos al futbol europeo y estos malos dramas que se escenifican por acá dejaron de gustarme. Poco a poco se me fue saliendo el futbol de Europa (salvo el Barcelona y la Juventus) y ya me da mucha hueva ver un partido completo: incluso los de la selección. Ya ni eso.

Todo empezó, supongo, porque elegí al Atlante como mi equipo favorito hace muchos años. Tal vez porque mi madre decía que a ella le gustaba el Atlante cuando era joven o porque mi padre trabajaba en el Seguro Social (dueño del equipo en esas épocas). Aunque el primer partido al que fui en mi vida (lo recuerdo bien) fue un Clásico América-Chivas (no recuerdo cómo acabó, pero sí que metió gol Carlos Reynoso y que yo tenía 6 años); ninguno de esos equipos me impactó. Antes bien, el América me chocaba (todavía) y las Chivas me dan flojera (aún). Así que me subí al barco azulgrana… y como sufrí.

Con mi padre fui a ver un Atlante-Neza al Azteca (solo Messi sabe qué pasó en ese partido), mi padre (con sus dos trabajos y largas jornadas) hallaba tiempo para conseguirme fotos autografiadas de sus compañeros de institución: los atlantistas del IMSS.

El Barcelona, lo acepto, me atrajo por los colores. Y como me sentí en la obligación de elegir un equipo por el cual hinchar en cada liga conocida, elegí al Boca Juniors (porque el River se me hacía el América argentino), a la Juve (por Platini, supongo, o por el elegantísimo uniforme)… y hasta allí llegué. No había mucho de donde cortar. En esas épocas conformé mi trinidad gringa: las Aguilas, los Celtics y los Phillies… después cambiados por los Mets. Pero ya hablaré de este lado de mi locura.

Y me tocó ver al Atlante que perdió en penales contra los Tigres de Barbadillo, antesito del Mundial de España… después me tocó ver (en casa de la que ahora es mi esposa) al Atlante campeón del 1993, venciendo a otro equipo que me cae bien: al Monterrey. Después lo vi irse a Segunda… y después le dejé de ir.

Y me olvidé del Atlante porque me daba pena hinchar por un equipo donde estuviera involucrado José Antonio García… mucha pena. Y allí fue donde me di cuenta que este señor no es el único afroamericanito en el arroz de la FEMEXFUT… así que decidí olvidar pasiones. Desde entonces disfruto más, porque lo hago por elección: en mayo de 1996 fui a ver la final Necaxa-Celaya en el Azteca, con el “Buitre” en la cancha a punto de meter un golazo en la portería frente a la que estaba yo. Y cuando ganó el aburridísimo Necaxa, se me acabó de salir el futbol mexicano del sistema.

Por eso después organicé performances en los que elegía “irle” a equipos claramente gangsteriles: Cruz Azul, Puebla…

Por eso admiro a los pocos atlantistas que conozco: porque ellos sí son de aguante, sí son apasionados y sí son de verdad: si se llevan al equipo a Querétaro, no problem… que ahora toca en Neza, no problem… que vámonos a la playa, no problem… que si el Chamagol es un nacazo, no problem… que si José Antonio García sigue allí… en fin.

Y, sin embargo, tengo ciertas tres cosas: que seguro disfrutaré algún partido de Brasil 2014, que me encanta que los no-favoritos ganen y que me parece muy bien que mi fiera haya decidido irle a los Pumas.

(Por cierto, el primer mundial al que fue Egipto fue al de Italia 1934, donde estuvieron a punto de ganarle a los húngaros, grandes favoritos y posteriores subcampeones).